Pintura que habla

11/17/2006 ⋅


No es fácil hablar de Dios, como tampoco representarlo. Pocos escritores, pintores, o músicos, han logrado hacerlo con maestría y son muchos los que, desgraciadamente, no lo han conseguido.

María Tarruella puede ser incluida en el primer grupo, ese que se caracteriza por dejar el corazón, la pasión y la piel, en el lienzo a la hora de representar al Creador de todas las cosas.

Como en un cóctail de amor, esta joven pintora, mezcla en sus trazos ternura y fe, con valentía, coraje, fuerza, entendimiento, dolor… ¡y tantas otras cosas!

La primera vez que tuve la fortuna de contemplar una obra pictórica de esta artista, no sabía que iba a comenzar a coleccionar sus obras, ya que soy una escritora común, con tibio entendimiento para el arte abstracto, moderno, o vanguardista, (según usted prefiera denominarlo).

Han sido escasísimas las veces que he sentido un calambre en el corazón al ver una obra de estas características, siendo necesaria además la explicación de su autor para que mis pocas luces fueran capaces de sacar un esclarecimiento al contenido de los trazos.

Sin embargo, puedo afirmar que el trabajo de María Tarruella se me clavó como una flecha de amor nada más tener mi primer encuentro con él.

Recuerdo con claridad la mañana en la que la pintora y yo charlábamos en el jardín de su casa sobre los mil y un asuntos que nos remueven la vida.

Nuestra conversación giraba por alegres desfiladeros, de esos que apetece saborear durante horas.

De pronto, no sé cómo, comenzamos a hablar de Dios. María clavó su mirada en sus manos y susurró: ““Estoy pintando…. Llevo largas semanas haciéndolo.”

“¡¿De verdad?!”, exclamé sorprendida. “¿Por qué no me lo habías dicho? ¡Hacía tiempo que no te encerrabas en un cuartucho frente a un lienzo!”

“Bueno…, simplemente lo necesitaba. Tenía hambre de colores. Me urgía representar a través de mis pinceles todo lo que llevo colgado del corazón… Se puede decir que en estos cuadros expongo mi alma en carne viva.”

“Llévame a ver tu trabajo ahora mismo”, la exigí levantándome y agarrándola del brazo.

“No entenderás el sentido de mis cuadros… Es…, es demasiado personal”.

“Pruébame”, dije con convencimiento.

Cuando por fin estuve frente a aquello lienzos, noté cómo un rayito de luz me estremecía el alma.

“Todo esto me conmueve”, susurré embriagándome ante tanta belleza, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas.

“¿Y por qué dices eso?”, me preguntó colmada de alegre ansiedad. “¿De verdad te atraen?”

“¿Atraen?”, pregunté incrédula. “¡Pero si estas pinturas me hablan! No entiendo su lenguaje…, pero me hablan. Tus cuadros tienen palabras, María. Y son palabras que me llegan al corazón...”

María Tarruella suspiró, se encogió de hombros y sonrió.

“No se trata de tu imaginación. Yo hablo mucho en mis cuadros, ¿sabes? Grito en ellos. Me expreso, exhalo sobre ellos mis alegrías y mis penas. Y entonces el lienzo se impregna de mis emociones y es entonces cuando exijo a  Dios su amor y sus respuestas. ”

Aún no lo puedo explicar. Sólo sé que tales lienzos sostenían una historia de amor sobrenatural, colmada de ternura, paz y esperanza.

Una historia única, muy especial. Esa que sólo saben transmitir los grandes artistas conocedores del alma humana. Esa que sólo está enamorada de todo un Dios.

 

 

MARÍA VALLEJO-NAGERA

Escritora